La resta by Alia Trabucco Zerán

La resta by Alia Trabucco Zerán

autor:Alia Trabucco Zerán [Alia Trabucco Zerán]
La lengua: spa
Format: epub
ISBN: 9789566058724
editor: Penguin Random House Grupo Editorial Chile
publicado: 2023-07-24T00:00:00+00:00


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Encerrado no me gusta nada, no, lo que yo quiero es caminar, pasear a pata, en micro o por último en la Generala, pero quedarme varado no, para eso mejor cruzar la cordillera en burro como hizo el poeta que desenterraron, y mejor aún si es un paseo nocturno, sí, porque de noche es más rico pasear, para pensar tranquilo, en frío, porque las ideas salen mejor cuando es de noche, eso lo sabe cualquiera, que las ideas tristes se mimetizan con el negro, por eso yo camino tan tarde, tan en el corazón de las raíces, desde la primera vez que me fui de la casa de la Iquela, cuando éramos chicos y mi tatita Elsa me dejó unos días en Santiago, son unos días nomás, mi niño, tengo que hacer cosas importantes, dijo ella, y yo repetí: im-por-tan-tes, porque me gustaba separar las palabras en sílabas, especialmente cosas que yo no entendía o cosas im-por-tan-tes, claro, y mi tatita se fue, primero muchos días y al final de-ma-sia-dos y entonces a mí se me hizo chica la casa o en realidad me faltaba aire, sí, escaseaba el oxígeno, porque en esa época el Rodolfo seguía en la pieza enfermo y a mí no me gustaba su olor agridulce, a frutas podridas, a químicos que entraban por la nariz y bajaban a la guata, y en su desparramo todo se iba pudriendo, se iba poniendo triste, eso pensaba yo, porque ¡hasta las chirimoyas estaban tristes en esa casa!, por eso me fui, ese olor me estaba matando y yo no me quería morir, no señor, así que agarré mis cosas y calladito recorrí el pasillo de la casa, crucé el antejardín y ya, pero cuando aún estaba a tres o cuatro cuadras no se me iba la sensación de tener arena en la garganta, por más que tragaba y escupía no se me pasaba, no, y me dio susto que el olor se me hubiera contagiado y circulara por mi sangre para siempre hedionda, por eso me puse a sacar flores, al principio rosas que aplastaba contra mi nariz hasta robarles todo su olor, hasta estrujarlas completas, sí, eran puñados de rosas las que usaba y tiraba al suelo para después perseguir a los acantos, con sus lenguas blancas y su olor dulce, tan rico que las chupaba como flautas, así iba yo comiéndome el néctar mientras dejaba a la ciudad sin flores, secuestrando pétalos descuartizados, separados de los sépalos y los estambres y las corolas y las antenas y los tálamos flotando en las canaletas, ahí con los guarisapos abandonaba las flores despedazadas, canoas blancas en el agua turbia para que los pirigüines navegaran, pistilos flotantes con sus bichos-capitanes, y yo paseaba por Santiago y me comía los tallos y el polen y colgaba mis ideas de los cables del tendido eléctrico por si se iluminaban, como esas zapatillas suspendidas como planetas blancos en el cielo negro, eso quería yo, dejar Santiago sin flores y adueñármelo: que todas



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